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METABOLISMO

HÉCTOR FALCÓN (1973)

 

Respirar, hablar, ver, tocar, llorar, reír, caminar y dormir, son algunas de las múltiples actividades que realiza nuestro cuerpo diariamente. Para que ello suceda, una revolución se desata al interior de nosotros: la energía se comienza a utilizar y nuestro cuerpo y sus químicos realizan el proceso que se conoce como metabolismo. El metabolismo, dice el diccionario de la Real Academia Española, es el conjunto de reacciones químicas que efectúan las células de los seres vivos con el fin de sintetizar o degradar sustancias. Es precisamente en estas reacciones del cuerpo (para sintetizar y degradar, para convertir y accionar) que se inspiró el artista sinaloense Héctor Falcón (1973).

            Héctor Falcón estudió en la escuela de la Esmeralda y posteriormente radicó varios años en Kyoto, Japón, donde continuó sus estudios en la Universidad de Arte y Diseño. Al dar un breve vistazo al corpus de sus obras, se puede reconocer un interés constante, o como se le dice en el lenguaje artístico un leitmotif: la experimentación con las diversas técnicas artísticas; es decir, el artista se da permisos para utilizar en ocasiones la pintura, en otras la escultura, la fotografía, el performance, etcétera. Este deslizarse de un material a otro, de un formato a otro, nos revela en cierta medida su interés por lo mudable, lo cambiable e inestable. Héctor persigue a la forma.

Lo anterior se puede analizar más profundamente en una pieza performática que realizó entre 1999 y el 2000 y la cual tituló Metabolismo Alterado.  La pieza llamó particularmente la atención por diversos motivos: en principio, fue una obra ampliamente difundida por los medios ya que se podía leer sobre la obra en portadas y planas completas a color, los titulares o llamaradas que hacían sobre la pieza resultaban ser tan atractivas que hasta el más ajeno a la escena de arte contemporáneo mexicano se involucraba con la pieza. Asimismo, el registro que se presentaba en estos medios era elocuente por su visualidad que, de cierta forma, hacía reflexionar sobre la noción de “belleza”, de “cuerpo”, de lo consumido y lo consumible. Lo que hizo Héctor fue aludir a un evento cotidiano, tan cotidiano, que sólo cuando nos sentamos a analizarlo con los lentes que exige el arte, logramos quitarle todos los velos que la vida diaria obliga a ponerle.

Héctor decidió usar su cuerpo como el lienzo, los medicamentos como el pigmento y la fotografía como el medio de registro, la memoria. Fue así que se sometió a un proceso de transformación corporal conforme a los parámetros de “belleza” que se impone un sector de la población (mayormente) masculina: los fisicoculturistas. El artista, en un periodo de 49 días, ingirió los medicamentos que utilizan algunos fisicoculturistas en un periodo de cuatro años. Se sometió a una estricta dieta de ingesta proteica y una exigente rutina de ejercicio. Al tiempo que hacía lo anterior, registraba en una bitácora todo lo que sucedía tanto a nivel de transformación física, como a nivel psicológico. Según se lee en algunas partes del diario, conforme pasaban los días, Héctor se convertía en una persona más iracunda y cambiaba de humores con enorme facilidad. Para el artista, el registro de los cambios que tenía su cuerpo era tan importante como dejar sentada su experiencia y en este registro revelaba cada uno de los anabólicos que ingería, algunos de ellos de uso veterinario, así como el registro puntual de todos los alimentos que consumió.

Pero todo lo anterior se reforzaba por las imágenes, la prueba tangible de los cambios era contundente. Él dejaba pronto su antigua figura, para convertirse poco a poco en un hombre de acero: su pecho, su abdomen, sus piernas, su cabello, su barba, su vello corporal, etcétera, se transformaban o bien desaparecían. Un nuevo cuerpo y un nuevo Héctor aparecían en la escena.

 

            La obra, sin duda, nos hace cuestionarnos sobre la intencionalidad de la misma. Cabe la posibilidad de que el artista estuviese en principio cuestionando los límites de la obra y el cuerpo, pero al tiempo la obra se transformó en una reflexión ética, una reflexión tal vez muy obvia e inmediata de las formas en las cuales alteramos al metabolismo, al agente vivo, a lo que existe, pero que tuvo la efectividad suficiente para que propios y ajenos se detuvieran a leerla, a pensarla y comentarla.

            En una entrevista se le preguntó qué le había dejado la pieza a lo que el respondió: “Me dejó algo: cansancio, satisfacción, me quitó dinero, mucho -nadie me financió-.” “Enlisté 85 litros de leche descremada, 966 claras de huevo, 52 kilos de pechuga de pollo, 152 latas de atún en agua, arroz, avena, pastas, yogurts, papa, jitomate, camote y otros vegetales (no contabilizados).” Pero seguramente, otra cosa que le dejó esta pieza fueron muchos efectos colaterales, que esperemos también haya dejado registrados, no solo para su pieza sino para ser un ejercicio que puedan consultar algunos que gustan de esas prácticas y no porque se busque que el arte sea un agente moralizador (jamás me atrevería a exigirlo), pero en este caso sí puede ser un agente de reflexión de acción y reacción o ¿tu qué opinas? (MA)

Junio 2016

 

 

 

¿Quieres conocer más?

Sobre el artista:

http://archivo.eluniversal.com.mx/cultura/13647.html

http://hectorfalcon.com/?page_id=55

https://vimeo.com/60281957  En esta liga podrás encontrar el registro completo

 

Sobre el metabolismo:

ROACH, JASON O'NEALE. 2003. Lo esencial en metabolismo y nutrición. Madrid, España: Elsevier.

TREMOLIERS, J. 1974. Nutrición y metabolismo. Barcelona: Espaxs.